Era una tarde de verano. Después de una mañana cálida, el cielo tiñó sus ojos de un color negro en un parpadeo instantáneo. Podría ser un presagio con el que la naturaleza quiso dar a entender a su pequeña víctima del día lo que a ella le esperaba . . .
Se levantó como un día cualquiera, rutinario. El despertador sonó, como siempre con el volumen al máximo con esa canción que tantas veces ha cantado. Corrió las cortinas, subió la persiana en una abrir y cerrar de ojos y al abrir la ventana pudo notar la suave brisa de la mañana en su rostro. Como cada día, su amiga la telefoneó. Después de comentar que tal le fuera su día anterior, le dijo a la amiga que había quedado con su amado por la tarde . . .
Eran ya las cuatro de la tarde. Se empezó a preparar para salir: pantalones, camiseta, colonia, maquillaje y una sonrisa de oreja a oreja que nada podría quitársela o eso pensaba. Salió a la calle, una pequeña nube la seguía como sombra encima de su cabeza, pero ella no lo sabía . . .
Entonces lo vió, se amado delante de ella. Fue hacia él, lo abrazó, lo besó y lo miró con esa sonrisa que desde por la mañana la acompañaba. Él recibió una llamada, le dijo a ella que era su tío. Tenía que irse. Ella ni se molestó, había estado junto a su amado por un instante. Se levantó y se fue. Al llegar a su casa ella se dió cuenta de que se le olvidara darle una cosa a su amado . . .
Salió corriendo con la esperanza de poder alcanzarlo y dárselo. Cuando estaba cerca de la casa de su amado, la nube que tanto la perseguía antes volvió y se paró delante suya. Ella estaba confusa, entonces, la nube se movió hacia un callejón. Desconcertada, la siguió. El final de ese callejón llevaba a una gran plaza . . .
Ahí la nube se paró y , en el parpadedo de ella, se descaneció y lo vió. Su amado estaba con otra. Ese cuerpo que ella había visto, ese torso que ella abrazó, esos labios que ella besó...ahora eran de otra. Sus ojos se nublaron como esa tarde en que el mundo se le paró y al caer la primera lágrima, el cielo lloró . . .
Se dió media vuelta y corrió. Llegó a su casa con los ojos irritados y el rostro desconocido. Sus ojos eran como una lampara de lava, rojos y vidriosos. Desconsolada, se tiró en la cama y, muchas horas después, consiguió dormirse . . .
Al día siguiente se despertó, aún con los ojos rojos. Pensó que no se quitaría esa imagen de la memoria nunca. Pero, al levantarse, ella misma se asombró. Abrió la ventana y todo seguía igual: la brisa acarició su rostros, el teléfono sonó...y entonces lo comprendió. El mundo seguñia girando, la vida no acababa ahí. Y. mientras el teléfono sonaba, lloró. Pero esta vez no de dolor, ahora sus lágrimas resbalaban por sus mejillas para caer en su sonrisa.
Recuerda : Cuando la verdad se esconde siempre tendrás un ángel de la guarda que la descubra tarde o temprano. Siempre es tarde para arrepentirse y llorar, pero nunca para levantarse y sonreir.